ESCRIBO SOBRE TU PARTIDA; SOBRE MI PÉRDIDA

“Tú depositabas al pequeño dentro de la sepultura y sentías un vacío nuevo, como si te hubieran arrancado algo, pequeño pero muy importante. Algo tuyo, que te hacía falta”.

Esto lo leí esta mañana en el libro que estoy leyendo, Diamante Azul de Care Santos. La autora no se refiere en absoluto a la muerte de una mascota, pero mi mente y mi corazón lo asociaron y lo apropiaron. Porque así sucede con las lecturas y las canciones, se sienten nuestras.

Escribo esto porque hace exactamente dos meses y nueve días partió al Puente del Arcoíris el mejor gato del mundo: mi Varona.

Mi ojitos color cielo.

En ese difícil primer mes sobrevivido sin él hubo lágrimas por las noches y corazón ‘partío’ por las mañanas. También por esos días leí una entrada de blog escrita por Abril Romero que me llegó hasta el alma: «Un hueco en el corazón en forma de gato».

Aunque en el texto ella describe la separación a voluntad que tuvo con su gato, yo lo moldeé a mi circunstancia. A continuación, les comparto el texto modificado.


Murió mi gato. Desde antes sabía el costo de su partida: no volverlo a ver.

Como toda persona que ha vivido lo suficiente como para amar algo y perderlo, más de una vez he estado frente a esa grieta que parte la vida en dos: un antes tan firme que asumimos perpetuo, y un ahora irremediable.

Así he confirmado que los abuelos y tíos se mueren, las amistades se alejan, las parejas terminan y el patrimonio, por escaso que sea, se pierde; y como estas, me han atravesado variadas despedidas y renuncias de distintos grados de dolor, pero ninguna tan desconcertante y difícil de asimilar como esta en la que mi gato ahora vive en un universo del que ya no formo parte.

Mi gato partió y todas las posibilidades de estar juntos se han ido junto a su cuerpo. ¿Cómo puedo lidiar con una ausencia que es consecuencia inevitable de nuestra naturaleza efímera? La muerte es una despedida absoluta como las heridas que deja.  La existencia de mi gato en este mundo terrenal se ha extinguido; ya no está acurrucado conmigo.

Mi gato fue mío desde la noche en la que ya no quiso regresar con su dueño y me siguió a la casa. Fui suya cuando comenzamos a pasar días de modorra y noches para dormir en mi cama. Fuimos el uno del otro cuando descubrimos a fuerza del hábito nuestras respectivas asperezas y ternuras.

Mi gato fue mío en esta vida y ahora que no está conmigo confío en que sigue siendo la misma criatura mustia y preciosa (y güevona también). Murió mi gato y la única evidencia que conservo de que estuvimos juntos es un hueco en el corazón con su forma y la confusa certeza de que en esta inevitable sucesión de despedidas que es la vida, soy muy capaz de amar, sin condiciones ni intereses.


Me hubiera encantado haber escrito eso.

Aquí les dejo el link con el texto original.

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